

En el post anterior comentábamos sobre las éticas y estéticas de la música que encabeza rankings. ¿Porqué no hacer lo mismo con las peliculas?
Creo que ahorraré líneas absteniéndome de realizar un análisis en profundidad bastante obvio de los rasgos comunes de las películas más vistas. Lo que mayoritariamente prima es sin duda el relato fantástico, despegado de la realidad y de lo cotidiano, súper héroes y antihéroes de humor. Si bien algunas dan atisbos de contenido crítico o analítico sobre la realidad, o lo hacen en clave cómica que pocas veces trasciende, o son lo bastante descafeinadas para no molestar (anclando además parte de su éxito en superestrellas) o simplemente el espectador es indiferente a este.
Por otra parte, las películas que no triunfan tanto en salas como en festivales de cine independiente y “alternativo”, las atraviesa un hilo (hálito) vital, de conexión sensible con lo cotidiano –y lo no tanto-, con la realidad y sus contextos históricos, políticos y sociales. Son films que nos hablan de la complejidad de las relaciones humanas, de la convivencia entre culturas, de sobre-vivir, de decisiones y esperas, de encuentros y desencuentros, siempre de formas entremezcladas y heterogéneas, como la vida misma.
Como podemos ir desentrañando, la relación entre una película y el lleno de sus taquillas (criterio más que discutible, pero uno más), va de la mano con la capacidad de la primera para transportar al espectador a mundos distantes, universos lejanos y realidades complacientes; dirección directamente opuesta a una posible identificación y cercanía con los relatos, tiempos, contextos, situaciones y personajes de la película. Y aquí llegamos a un punto trascendental, y es que las películas hoy –en general- buscan más la proyección del deseo del espectador en sus tramas y personajes, que su identificación.
Hoy, la mayoría del público (y convengamos aquí que hablaremos siempre bajo esta perspectiva de los espectadores que llenan salas) va al cine a divertirse, no “a pensar”; bajo esta clave entonces, como vimos, son películas entretenidas las que lo proyectan a un mundo idílico donde la vecina Juliet Aniston (o como quiera que se llame la estrella de turno) es perfecta, donde todos tienen un coche familiar, una casa con porche, existen los milagros, viven historias de amor ideales, poseen súper poderes, siete vidas, pasaportes al día o todas las anteriores… como vemos, un mundo tan poco probable como deseado. Por otra parte, aburridas son las películas que nos enrostran la dificultad de vivir juntos, de relacionarnos, de entendernos; films que nos muestran sectores olvidados, realidades ocultas. “Hacen pensar” las historias que nos enfrentan a nuestra propia decadencia, que nos presentan personajes miserables, solitarios, taciturnos, angustiados (antihéroes como yo o como tú) o bien felices a ratos, con pequeñas cosas, sumergidos en la turbulencia de vivir.
Y esta práctica de producir deseos de la industria cinematográfica en general, obedece a una cuestión que tiene que ver con la lógica operativa del mercado, y por ende propia, como ente obediente a su principio absoluto: generar dividendos. Pero no sólo a través de la película misma y su exhibición (que hasta ahí no habría inconvenientes) sino que mediante una política insistencia en la implantación y ejercicio de una forma (falsa) de querer vivir y aprehender la realidad a través del deseo y su satisfacción, a través de la necesidad y su consumo. Me explico; a través de la propagación, por ejemplo, de determinados estereotipos de vida ideales (hombre blanco, joven y otras determinadas características físicas, con familia, trabajo, dinero y una largo etcétera bastante obvio) en donde el espectador proyecta su deseo, se instaura una (única) forma de vivir que en la búsqueda de su satisfacción alimenta y mantiene a todo un sistema en pie en un circulo cerrado de consumo permanente que supera con creces los dineros de una sola entrada.
Y es que vivimos sin duda, bajo lo que Félix de Azua llamó (con turbadora ironía) un fascismo simpático. La dictadura del mercado y su generalización del consumo -y consiguiente institucionalización de la banalidad- en todos los niveles de la vida humana, es un totalitarismo tan radical como los históricos, pero que se presenta amable, sin molestar (tanto). Gran parte de la producción fílmica hoy (y mediática en general) obedece a este objetivo de producir deseos, necesidades y estereotipos, modelos de vida que perpetúan el gobierno de los dueños del poder. El cine es otro de los medios no armados con los que el fascismo simpático establece un orden y unas fronteras que delimitan y guían nuestra forma de entender y experimentar la realidad hacia sus intereses particulares.
Estas cuestiones, muy difíciles de separar y determinar independientemente, están mediadas también, indudablemente, por la inercia de un espectador completamente alienado, que consume ideologías en forma de fantasías animadas, de mundos planos y sin sobresaltos (aunque personalmente nada me parece mas sobresaltado que “iron man” o la cartelera en general). El público se encuentra totalmente infantilizado y reducido en su sandez a la mera condición de receptor. Pues, aunque desdeño gran parte de las súper producciones, aún considero la existencia de cierta porción del “cine para masas” que entrega contenido; el cual, literalmente, se esfuma ante los ojos de este espectador inocuo, de este espectador que no va al cine a pensar. Y aquí entra otra cuestión importante; la necesidad de reparar esa noción del pensador como un sujeto atormentado de sentido y del pensar como un tortuoso trabajo crítico. Pensar, como escribió Borges, es abstraer; y esto es posible nada más – ¡pero tampoco menos! – que logrando, mediante el conocimiento, la consciencia suficiente para distinguir diversión, contenido, ficción, realidad, proyección e identificación.
El buen cine, el cine de verdad (y perdóneseme a estas alturas mi radical toma de partido) para mi, es aquel que siempre intenta dar algo, una posibilidad de entender mejor la complejidad de la realidad, de ver mas claro, de percibir mas profundamente, de vivir y entender lo que nos rodea de maneras mas ricas y diversas; todas características contrarias a lo que nos entregan las salas hoy: pura superficie, banalidad, y burdos estereotipos de vida. Bajo la idea de que “estar alegre no es ser feliz”, podemos ver angustiosamente la preferencia generalizada por la engañosa alegría de un mundo plano y servil a la lógica dominante en desmedro de una felicidad -o su búsqueda- a través de la comprensión de la eterna creatividad, complejidad y profundidad de la que los Situacionistas llamaban la auténtica vida.
Es lo mismo que pasa en los libros con los bestsellers?
Igual a veces me dan ganas de ver películas que solamente me entretengan. Donde más encuentro films para pensar es en la TV, las que llegan al cine son casi todas para no pensar. Buen post, saludos
¿cuál es tu película favorita?
@holacomovai, efectivamente creo que pasa con cualquier “producto cultural”, de hecho el problema es que se transforman en productos.
@javiera mi pelicula favorita! uf!, no me siento capaz de responder a eso
, pero aqui hay una lista que he ido elaborando con el tiempo (aun muy corta)
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