es que me siento irresistiblemente atraido, por oscuras razones, hacia ciertos lugares muy mal iluminados en los que me demoro sin plan preconcebido hasta que el sol naciente anuncia un nuevo dia
Anoche salí, acompañado, a ver una pelicula. Nos arrepentimos con mi contertulia a mitad de camino y optamos por cambiar los planes. En un modernillo boulevard buceamos entre una marejada de gente, luces parpadeantes y locales atestados en busca de un sitio tranquilo y de nuestro agrado… terminamos comiendo sushi en un sucucho (esa palabra que tanto le gusta a mi padre para designar lugares pequeños pero sucios y mal iluminados) muy lejos de ahi. Como dije, si bien el local estaba lejos de una limpieza e iluminacion clínicas, nos sentíamos bastante a gusto y disfrutábamos de una conversación amena junto a unos rolls y algo de sake chileno. Fue en ese contexto que reveladoramente se me abrió, prístino y cargado de sentido, un viejo libro: “El elogio de las sombras”. De uno de los más destacados novelistas del Japón, Junichiro Tanizaki (1886-1965), el ensayo ahonda en la poética de las sombras, que para Tanizaki constituye uno de los rasgos principales de la sensibilidad estética del Japón tradicional.
Occidente, hoy mas que nunca, busca lo resplandenciente, pulido, luminoso y rectilíneo. Apoyado en una equivocada y reduccionista lectura de lo oriental, hoy impone posmodernos criterios estéticos con pretensiones de milenarios (minimalismo, japon zen, oriente chic y demases). Pero, siguiendo a Tanizaki, para Japón, la sombra tiene un inmenso poder sugestivo. La penumbra, la opacidad e incluso la pátina en los objetos, expresan un trasfondo profundo que yo leo como historias. El brillo encandila y enceguece para borrar todo rastro de histora; la opacidad propone revelarlas a la luz, o mejor dicho a la sombra, de nuesta propia realidad.
Seguiré insistiendo en los sucuchos oscuros, en los locales pequeños con aroma a frito, en las schoperias de sillas plasticas, en las fuentes de soda de manchados manteles, en los bares de copas grasosas, en los restoranes de ampolletas quemadas, en las barras de borrachos… seguiré insistiendo en la historia.
ese es un buen libro, pequeño Warnken.
cómo es la ciudad cuando estás en celo?