(…) Al colocar una llave de agua en cada casa se abandona el pozo. Y al abandonar el pozo se abandona mucho más que el acto cansador de dejar caer el balde y subirlo. Se abandona mucho más que la pérdida de tiempo de tener que regresar con el cantaro sobre la cabeza. Se abandona también un fantástico lugar de encuentro de las mujeres de la aldea, el lugar donde, precisamente, podían perder el tiempo, donde reían y conversaban, donde informaban y se enteraban, por que mientras una baja el balde, veinte descansan y hablan. La llave de agua, producto de la imaginación masculina, privó a la mujer de lo que era su mejor espacio. El pozo no era una carga, sino un logro cultural. Y las privó del retorno. Porque también perdieron el sendero con que se apropiaban del paisaje y pensaban en muchas cosas, excepto en el cantaro de agua sobre la cabeza, que ni pesaba ni se sentía. La llave reemplazó todo eso por la oscuridad húmeda de la pieza de lavar, por una pared salpicada que encerró su soledad y donde brilla, niquelada, la llave de agua.
“Tubab” de Beltrán Mena
Si en épocas pasadas -cuando aún la democracia era directa y no representativa- la plaza fue el sitio para cabildos públicos y todo tipo de manifestaciones y socialización popular (desde el ágora griega a las plazas de armas), a partir de la Ilustración ésta ha ido perdiendo paulatinamente su concepción como lugar de diálogo. Hoy, asistimos a un aplanamiento progresivo del espacio público (y del mundo, dicho sea de paso) donde el lugar de encuentro y corazón de la vida social, se ha transformado en un lugar de paso, plano, sin espesor sensible ni densidad antropológica, alejado de cualquier realidad urbana, social, política o cultural.



